Minerales estratégicos, trabajo esclavo infantil y guerra en el Congo: «es el mercado, amigo»

Dieudonné tiene 14 años, pero no va a la escuela. Desde hace tres, cada día sigue la misma rutina: se levanta antes de que amanezca, desayuna un fufu con pondu, guarda algo de kwanga para el almuerzo y acude a una mina de coltán, donde pasará las siguientes doce horas. A veces, son incluso 16, depende de si los guardias armados del M23 que controlan esta zona están satisfechos con la cantidad de mineral extraída. El trabajo no es voluntario.

La mina está en Kivu del Norte, formalmente en la República Democrática del Congo (RDC). Pero el M23, una fuerza paramilitar tutsi, responde a Ruanda, por donde se exporta el coltán. Con él, se hacen todos los teléfonos móviles del mercado y la RDC cuenta con el 80% de las reservas mundiales. El coltán se encuentra disperso en pequeñas cantidades, a veces a ras de suelo, en lo que parecería más una cantera que una mina. En otras ocasiones, a poca profundidad, donde se accede por túneles angostos, que frecuentemente colapsan. Las llamadas minas de coltán recuerdan más a pozos artesanales. El cuerpo y los dedos de los niños son más útiles para esta tarea.

Bien lo sabe el M23, pero también el FDLR, formado por hutus y respaldado por el propio Gobierno de la RDC. Como sus rivales tutsis, se financian del trabajo infantil, pero, a diferencia de estos, su mercancía tiene como destino Kinshasa. A la perfección también lo entiende la Unión Europea, que en febrero de 2024 firmó un Memorándum de Entendimiento sobre Minerales Estratégicos con Ruanda. Viendo a von der Leyen rubricando un acuerdo con hombres trajeados, parecería que estamos ante una de esas muchas veces en que la UE aprovechará para colgarse una medalla de derechos humanos y democracia. Solo que Ruanda carece de cualquier mineral estratégico e incluso el más inútil burócrata comunitario sabe que el coltán llega al puerto de Rotterdam de contrabando y chorreando sangre. Eso ha firmado Bruselas.

Más al sur, Jean-Pierre trabaja en una mina de cobalto, recurso clave en las baterías eléctricas. El 50% del mismo es explotado por el capital chino, lo mismo que el 70% del cobre. Eso, entre aquellas minas que operan bajo acuerdos con el Gobierno de la RDC. Pero tal como ocurre en Kivu, gran parte de las que existen son ilegales. En la frontera meridional esto puede sorprender, porque ya no son pozos artesanales, sino auténticas explotaciones industriales. Túneles más profundos, maquinaria pesada e incluso bandas transportadoras. Otra gran diferencia con Kivu es que aquí el capital internacional no sólo compra la mercancía, sino que participa de su extracción. Glencore, de capital suizo y presencia en 50 países, hace contrabando de cobre, cobalto, zinc y oro, utilizando para el contrabando el territorio de otro vecino de la RDC, Zambia.

El contrabando no es el problema, es uno de los síntomas. El enorme territorio del antiguo Congo Belga hace que su control sea tremendamente frágil, lo que facilita la extracción de mercancías en provecho de fracciones enfrentadas del capital mundial. De hecho, el propio Congo no se articuló con fronteras nacionales, sino de tráfico de mercancías.

Cuando en 1885 la Conferencia de Berlín repartió el mundo entre potencias imperialistas, Leopoldo II de Bélgica tomó la zona como posesión personal. A ello le seguirían unos 10 millones de muertes e infames imágenes de niños congoleños expuestos en jaulas en el Parque Tervuren de Bruselas, en lo que no se puede calificar sino como zoo humano. A algunos les faltaban las manos, un castigo habitual en la época para quienes no cumplían con su cuota en las plantaciones de caucho.

Kinshasa se edificó en esta época, para aprovechar el tráfico fluvial por el río Congo. Pero los rápidos y las cascadas impiden navegar directamente desde la zona oriental del país. Hoy, desde Goma a Kinshasa el viaje exige más de una semana, alternando barcazas y tramos en los viejos ferrocarriles belgas. Con una red de carreteras 73 veces menor a la de España, los 250 grupos étnicos de la RDC interactúan poco entre sí. El Gobierno central solo controla realmente el norte y el oeste del país. En el resto, compite con numerosos grupos armados patrocinados por sus vecinos, potencias extranjeras o grandes monopolios capitalistas, que prefieren exportar sin pagar impuestos, aduanas y, si es posible, salarios.

Es así como, el 27 de enero de 2025, el M23, respaldado por Ruanda, capturó Goma, la tercera ciudad más grande de la RDC y capital de la provincia de Kivu del Norte, con casi dos millones de habitantes. En realidad, esto ya había sucedido en 2012, pero entonces la presión internacional sobre Ruanda le hizo retroceder. En la actualidad, el país vecino está mucho mejor preparado para la guerra, siendo la nación más estable política y económicamente de la región, y contando con alianzas con la UE y Estados Unidos.

Ruanda exigió un acuerdo de alto al fuego inmediato, que la RDC rechazó, ya que esto implicaría reconocer al M23 como fuerza ocupante de Goma. Pero el despliegue de tropas desde Kinshasa hasta Kivu lleva tiempo y esfuerzo logístico. A pesar del apoyo militar sudafricano, la RDC ha perdido desde entonces Nyabibwe, la principal región minera del coltán, y el 16 de febrero Bukavu, la otra gran ciudad de la zona.

Ruanda ha conseguido apoyos de la EAC (Comunidad Africana Occidental) y la RDC, en cambio, ha conseguido el de la Comunidad Económica del África Austral (dirigida por Sudáfrica), que pide un alto al fuego tras volver a la situación militar previa a la ocupación de Goma.

Inmediatamente en redes sociales han surgido, casi como las setas en otoño, expertos africanistas dispuestos a explicarnos las claves geopolíticas y cómo esto es un nuevo episodio del enfrentamiento entre Occidente y los BRICS+, entre el Norte global y el Sur Global (aunque estemos en una zona ecuatorial), entre la unilateralidad y la multilateralidad.

Pero difícilmente las fantasías de nueva guerra fría hacen justicia a la situación sobre el terreno. Ni la RDC ni Ruanda son los «proxys» de dos potencias enfrentadas con proyectos de clase diferenciados. Son, más bien, actores que garantizan (mejor o peor) a numerosas potencias capitalistas un suministro de minerales estratégicos, utilizando para ello grupos armados que se alimentan del trabajo esclavo infantil. La capacidad del Gobierno de la RDC y sus aliados de recuperar militarmente Goma determinarán si el conflicto escala en uno de mayor intensidad o se acepta que la ruta del coltán ahora se hace por el oriente africano.

Mientras tanto, la vida seguirá igual para Dieudonné o Jean-Pierre. Extenuantes jornadas laborales a punta de fusil, en uno de los cinco territorios más pobres del mundo, independientemente de quién lo controle. Desde 1997, la zona oriental de la RDC ha sufrido 6 millones de muertos y 7 millones de desplazados internos. Tres de cada cuatro congoleños carecen de servicios básicos (agua potable, electricidad, vivienda y alimentación) y uno de cada doce niños muere antes de superar los doce años.

Pero la pobreza extrema, la violencia y la fragmentación del territorio tampoco son el problema en sí, sino otros de los síntomas. O, más bien, las condiciones de posibilidad para la explotación y extracción de recursos que alimentan la maquinaria de la producción capitalista mundial. He ahí el verdadero conflicto: el de clases.

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