Infiltración policial, herramienta y violencia contra la organización obrera

En las últimas semanas e incluso meses se vienen sucediendo episodios de revelación de procedimientos de infiltración policial en organizaciones políticas y movimientos sociales. Estos fenómenos, que salen a la luz cada cierto tiempo, nos demuestran y recuerdan cual es la función esencial del Estado: servir de herramienta de coacción y control para la clase dominante, de su orden y estado de cosas.

Lo vimos en las ya lejanas huelgas generales de 2010 y 2012, con los múltiples casos grabados de policías infiltrados buscando reventar las manifestaciones organizadas por la clase trabajadora a lo largo y ancho del Estado, y lo redescubrimos en la actualidad, con un tipo de infiltración policial diferente, más sibilina, pero con el mismo objetivo: garantizar el orden de un sistema en descomposición intentando desestabilizar la organización de la clase obrera.

Se analizaba en un artículo publicado recientemente en Nuevo Rumbo otro de los instrumentos del Estado burgués y de los distintos Gobiernos de diferentes signos políticos para garantizar que los márgenes de beneficio empresarial no se vean afectados por las demandas laborales.

Estamos en disposición de afirmar que tanto la represión sindical como la infiltración policial en las organizaciones políticas y movimientos sociales son dos herramientas, dos armas del Estado, para preservar intacta su estructura. Da igual el signo político del Gobierno en cuestión, ya que tanto la pata izquierda como la pata derecha del capital mantienen, aprueban y refuerzan estos mecanismos contra la clase obrera.

Centrándonos en la infiltración policial, cabe señalar, aunque pueda parecer una perogrullada, que no es un fenómeno novedoso o que solo se venga dando en nuestro país; los instrumentos que los Gobiernos capitalistas utilizan contra la clase obrera pueden ser los mismos o muy similares independientemente del país del que se trate y vienen dándose desde la propia implantación del sistema capitalista.

La infiltración es una estrategia comúnmente utilizada por los aparatos del Estado para controlar, neutralizar o desmantelar cualquier forma de resistencia organizada. No es solo una táctica de control social, sino una manifestación clara del carácter represivo del Estado burgués, que tiene como objetivo la preservación del orden capitalista.

En primer lugar, no está de más recordar que la policía en las sociedades capitalistas no es principalmente un cuerpo encargado de la seguridad pública –como nos pretenden convencer las clases dominantes de forma interesada y por muy diversas vías–, sino que actúa como medio para reprimir a los trabajadores y cualquier tipo de disidencia. La policía no es más que una de las formas del aparato estatal, que en todo momento, pero sobre todo en última instancia, cuando no se consigue por otros medios, protege la propiedad privada y el orden social establecido. Por tanto, siendo el Estado una organización que perpetúa la dominación de una clase sobre otra, es lógico pensar que, mientras no se destruya este aparato, seguirán operando de forma infiltrada o represiva entre las filas de los trabajadores.

Lenin, en su obra El Estado y la Revolución, profundiza en la idea de que el Estado es un aparato de poder al servicio de la clase dominante. La policía, como parte de este aparato, no solo protege los intereses económicos y políticos de la burguesía, sino que también actúa de manera preventiva para evitar que surjan movimientos sociales capaces de cuestionar el orden capitalista. En este contexto, la infiltración policial se convierte en una estrategia clave para anticiparse a los movimientos de resistencia, identificar a sus líderes y neutralizar cualquier intento de subversión. Para comprender la gravedad de esta ofensiva, es fundamental analizar estos casos en su contexto histórico y compararlos con experiencias similares en otros países.

Históricamente, la infiltración policial ha sido una herramienta utilizada por los Estados capitalistas para sofocar movimientos que se oponen a las injusticias del sistema. Un ejemplo claro de esto son los años 60 y 70, cuando en muchos países capitalistas se desplegaron tácticas de infiltración para controlar y desmantelar organizaciones revolucionarias. Estos movimientos fueron considerados por los Estados como amenazas a la estabilidad política y económica, y la infiltración fue una de las estrategias empleadas para neutralizarlos.

En España, el PCE sufrió la persecución policial ya en los años de la dictadura de Primo de Rivera, teniendo que pasar incluso a la clandestinidad. Posteriormente, desde el franquismo hasta nuestros días, el Estado ha empleado diversos mecanismos para desactivar movimientos sociales, muchas veces recurriendo a la delación y la provocación desde dentro.

Durante la dictadura franquista, la Brigada Político-Social operaba como un órgano de persecución de militantes comunistas, anarquistas y sindicalistas. Agentes encubiertos se infiltraban en fábricas y círculos de activismo para identificar y entregar a los organizadores a la policía. Con la transición democrática, lejos de desaparecer, estas prácticas se adaptaron a los nuevos tiempos. En los años 80, el CESID (antecesor del CNI) continuó con la vigilancia de movimientos sindicales y revolucionarios.

Como decíamos, España no es ni mucho menos un caso aislado. La infiltración policial ha sido una constante en otros países, con métodos similares y objetivos idénticos: frenar la capacidad organizativa de la clase trabajadora.

En la Alemania Federal, el Estado utilizó infiltrados en sindicatos y partidos comunistas para neutralizar su crecimiento. En Turquía, la infiltración ha sido a lo largo de la historia reciente una herramienta clave en la represión del partido comunista. Durante el golpe militar de 1980, el Estado usó infiltrados para desmantelar el Partido Comunista de Turquía (TKP).  En 2012, durante las protestas contra las medidas de austeridad en Grecia, el Partido Comunista de Grecia (KKE) denunció intentos de infiltración en su sindicato, el Frente Militante de Todos los Trabajadores (PAME).

En el contexto contemporáneo, la infiltración policial se ha intensificado con el avance de las tecnologías de vigilancia y el uso de métodos más sofisticados para infiltrarse en las redes sociales y en los grupos activistas. A través de internet y las redes sociales, el Estado puede monitorear las conversaciones, identificar posibles amenazas y crear estrategias para desactivar la resistencia antes de que se materialice en acciones de protesta masiva o movilización.

La infiltración policial no es solo un mecanismo de espionaje, sino una forma de violencia contra la clase trabajadora. Su objetivo no es solo obtener información, sino desestructurar organizaciones desde dentro, sembrando la desconfianza y la desmoralización, buscando debilitar su capacidad de acción colectiva, generando divisiones, promoviendo enfrentamientos y desviando la atención de la lucha principal. O, como decíamos al principio, criminalizando las protestas.

Ante el auge de la infiltración policial, las organizaciones revolucionarias deben fortalecer sus estrategias de seguridad y cohesión interna. La historia demuestra que la represión no es señal de debilidad, sino de que la organización popular representa una amenaza real para el poder establecido. A través de herramientas fundamentales como la memoria histórica, la educación política y la solidaridad internacional, es posible resistir, hacer frente a estas estrategias y continuar la lucha por la emancipación de la clase trabajadora. La represión es fuerte, pero la organización de la clase obrera lo es aún más

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